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SOCIEDAD

Vivió casi dos años en carpa en medio de las sierras cordobesas y junto a 10 amigos fundó un ecopueblo que hoy alberga a 250 vecinos

13/10/2026 · radioaltagracia4@gmail.com
Vivió casi dos años en carpa en medio de las sierras cordobesas y junto a 10 amigos fundó un ecopueblo que hoy alberga a 250 vecinos

Matías Echeguren es uno de los pilares de Umepay, un proyecto que comenzó en 2012 en Villa Yacanto, Córdoba, para hacer retiros de yoga y terminó convirtiéndose en una comunidad que hoy tiene escuela, dos cooperativas, despensa, restaurante y casa de té

La historia de Umepay empezó con una pregunta que, en apariencia, no tenía una respuesta sencilla: ¿qué pasaría si un grupo de amigos dejara atrás la vida que había construido en Buenos Aires para inventarse otra desde cero? No era un grupo de aventureros sin rumbo. Eran once amigos que trabajaban, tenían sus proyectos, sus familias y una vida que, en términos convencionales, funcionaba. Pero algo les faltaba. Querían bajar el ritmo, alejarse del ruido y recuperar una conexión con la naturaleza que la ciudad parecía haberles quitado.

La respuesta apareció entre las sierras de Córdoba. Dos integrantes del grupo, Gastón y Constanza, habían comprado un campo en el municipio de Villa Yacanto, en el valle de Calamuchita, donde habían empezado a construir su casa. Enclavado entre montañas, y forestado con pinos, acacias y robles, estaba ubicado a unos 15 kilómetros de la ciudad y a orillas del río Grande. Era un lugar prácticamente virgen. No había agua ni luz eléctrica, tampoco señal de teléfono ni infraestructura.

En diciembre de 2012, los once amigos decidieron probar qué ocurría si pasaban allí todo el verano. Eran 14 personas en total, entre adultos y chicos. La experiencia tenía algo de experimento social: convivir durante semanas, trabajar juntos y comprobar si aquello que parecía posible durante las reuniones de Buenos Aires podía funcionar en la realidad.

“Al cabo de un mes de estar acá, la mayoría coincidimos en que era nuestro lugar en el mundo, y que teníamos que mudarnos para empezar a armar algo”, recordó Matías Echeguren, uno de los fundadores del ecopueblo que tomó el nombre del cerro de enfrente, que en lengua original significa “mirar desde lo alto”.

Vendió la fábrica y se fue a vivir a una carpa

Tomar la decisión fue una cosa. Hacerla realidad, otra muy diferente. Los amigos comenzaron a vender lo que habían construido en Buenos Aires para juntar el capital necesario. Algunos vendieron vehículos, otros propiedades. Matías, por su parte, se desprendió de su fábrica de alfajores.

Parte de ese dinero sirvió para construir un salón principal, el comedor y las primeras cabañas del Centro Umepay, pensado inicialmente como un espacio para realizar retiros de yoga, meditación y distintas actividades holísticas que promueven la permacultura, la vida comunitaria y pautas de vida sustentables.

Pero mientras las construcciones avanzaban, ellos tenían que vivir en algún lugar. Algunos se instalaron en casillas rodantes. Otros compartieron las primeras construcciones. “Con Juli, mi pareja de aquel entonces, estuvimos viviendo aproximadamente un año y medio en carpas”, contó Matías. Tenían una carpa para dormir y otra que funcionaba como una especie de living-comedor. Allí colocaron una mesa, sillas y hasta un ropero.

Pero no fue solamente una experiencia de verano. Pasaron allí también los inviernos. La rutina comenzaba temprano. Se levantaban, meditaban, desayunaban y después se distribuían las tareas. Cocinar, limpiar baños, recibir a quienes llegaban a los retiros, hacer reparaciones, construir y resolver los problemas cotidianos eran responsabilidades compartidas.

No tenían Internet. Para responder los correos electrónicos de las personas interesadas en los retiros tenían que viajar hasta Yacanto y utilizar la conexión de un bar. Tampoco tenían agua corriente como la que conocían en Buenos Aires. Todos los días alguien debía encender una bomba para llevar agua desde el arroyo hasta un tanque elevado y desde allí distribuirla entre las construcciones.

La vida era austera, pero para Matías había algo que hacía que todo tuviera sentido. “Ninguno hubiese podido hacerlo solo. Era un proyecto muy desafiante. Pero entre todos fue como una especie de segunda adolescencia”, describió.

Y así, lo que comenzó como “refugio” elegido por un grupo de amigos fue creciendo e incorporando a más personas que compartían su misma filosofía de vida. “Muchos de los que venían a los retiros quedaban fascinados con el lugar y nos hablaban para sumarse”, admitió Matías.

De un centro de retiros a una comunidad

El grupo entendió que el proyecto ya no podía ser solamente un centro de retiros y pensaron en construir una comunidad. “A los dos años apareció la posibilidad de comprar un campo vecino de unas 100 hectáreas. El propietario era un europeo que vivía fuera del país. Negociamos el pago y acordamos que quienes quisieran formar parte debían aportar la misma cantidad de dinero”, contó.


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