El CNRS (Centro Nacional de Investigación Científica) francés identificó por primera vez los mecanismos neuronales que explicaron por qué un olor de la infancia reactivó recuerdos antiguos con carga emocional.
La investigación planteó que las experiencias olfativas reiteradas y positivas en la infancia dejaron una marca duradera: en la adultez, volver a percibir ese mismo aroma no solo activó el recuerdo, también reencendió las emociones asociadas. Ese doble disparo explicó por qué, ante ciertos perfumes, muchas personas “volvieron” de inmediato a una cocina, un patio escolar o unas vacaciones familiares.
El fenómeno quedó inmortalizado por Marcel Proust en Por el camino de Swann, primer volumen de En busca del tiempo perdido, cuando el sabor y el aroma de una magdalena mojada en té devolvieron de golpe una memoria remota. Según los autores, el olfato tuvo un papel específico en la memoria humana porque conectó de forma especialmente eficiente con circuitos de recuerdo y recompensa.
Dice Marcel Proust:“Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llamanmagdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios unas cucharadas de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las miga del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior.”
Cuando un adulto se reencontró con un olor conocido de la infancia, esas neuronas del bulbo olfativo activaron circuitos cerebrales relacionados con la memoria y la recompensa. Esa activación explicó el carácter inmediato del recuerdo: no se trató solo de “recordar”, sino de revivir una emoción que se mantuvo asociada al estímulo.