El presidente de la AFA, Claudio “Chiqui” Tapia, se convirtió en el principal escudo de Gianni Infantino, el mandamás de la FIFA, ante la rebelión europea.
Mientras el mapa geopolítico del fútbol mundial parece fracturarse, con una Europa que le ha soltado la mano a Gianni Infantino tras el fallido proyecto privatizador de la FIFA Forward Enterprise, en nuestro país se respira una sintonía diferente. La Asociación del Fútbol Argentino (AFA), encabezada por Claudio “Chiqui” Tapia, no solo mantiene su apoyo al presidente de la FIFA, sino que lo ha respaldado públicamente, reafirmando su compromiso de cara a la reelección de 2027.
Este espaldarazo no es un simple formalismo diplomático; es la consolidación de un vínculo forjado con paciencia, gestos mutuos y una visión compartida sobre la política deportiva.
a relación entre Tapia e Infantino no nació de la nada. Fue una construcción minuciosa que se cimentó en el intercambio de validaciones. En los momentos de mayor turbulencia para la AFA en sus años iniciales, las visitas del suizo a Buenos Aires funcionaron como un espaldarazo institucional de peso global.
La prueba de este apoyo no es teórica, ya en 2017, a pocos meses de su asunción, Infantino eligió visitar Buenos Aires para mostrarse junto a Tapia, una postal que sirvió para legitimar al dirigente frente a sus críticos locales.
Ambos comparten una forma de entender la conducción: la lealtad pragmática. En política, este concepto se refiere a actuar guiado exclusivamente por los resultados y los beneficios concretos, dejando de lado las ideologías o la presión del “qué dirán”.
Para Tapia, el apoyo a Infantino no es un debate moral sobre si el suizo cometió errores, sino una apuesta de conveniencia mutua. Mientras las federaciones europeas exigen estándares de gobernanza y transparencia —es decir, que la FIFA sea una institución con auditorías externas, procesos de decisión abiertos y una administración corporativa rigurosa—, la AFA valora la “gestión de cercanía”. Para Tapia, Infantino es alguien que “entiende las reglas del juego” fuera de los manuales rígidos de los protocolos de Zúrich o Bruselas, privilegiando los acuerdos de pasillo y la rosca política que, históricamente, dominan el fútbol sudamericano.
¿Por qué Tapia se arriesga a quedar del lado “equivocado” de la historia, según la óptica europea? La respuesta tiene nombre y apellido: Mundial 2030. La ambición de la AFA es clara: lograr que Argentina sea sede de una fase completa del torneo.
En este tablero, Infantino es el gran facilitador. El presidente de la FIFA ha demostrado ser un aliado estratégico para las aspiraciones sudamericanas, y Tapia sabe que, si el liderazgo de Infantino tambalea, la cuota de poder y los beneficios directos para el fútbol argentino podrían quedar en el limbo. Respaldar a Infantino es, en última instancia, acercarse al sueño de un Mundial en casa.