La estrella pop española completó en Buenos Aires cuatro shows de uno de los espectáculos musicales más impactantes del mundo hoy, capaz de entretener y emocionar por igual
Todo por un like. Dos semanas después de la final del mundial y del ruido generado en las redes sociales alrededor de “Argentina Si Argentina No” en que ella se vio envuelta, Rosalía llegó a Buenos Aires -previas disculpas obligadas por las circunstancias, por aquel like– para brindar cuatros shows de uno de los espectáculos musicales más impactantes del mundo hoy. En un jueves por la noche raro -a media hora de distancia del Congreso de la Nación y todo lo que allí pasaba- la estrella española concretó una soberbia performance, al amparo de un show multimedia plena de ingenio, precisión y sentimiento. Separada toda la hojarasca del morbo que rodeó esta visita, queda la impactante actualidad de una de las estrellas globales más carismáticas y talentosas del momento.
Con el Lux Tour, Rosalía ha construido un espectáculo que opera en varios registros al mismo tiempo: es un concierto de arena, una ópera pop, una procesión pagana y un ritual de club condensados en dos horas de teatro musical. El efecto sobre el público no se reduce al entretenimiento ni a la euforia colectiva de los grandes recitales, sino que apunta a algo más cercano al trance compartido: la sensación de atravesar distintos estados emocionales y corporales —de la contemplación sacra al desenfreno físico, de la confesión a la fiesta— dentro de un dispositivo escénico que borra deliberadamente la frontera entre el escenario y una pista de baile. Al situar una orquesta en forma de cruz latina en el centro de la arena y subtitular las canciones como si fueran un libreto, la puesta en escena convierte a los asistentes en algo parecido a una congregación religiosa, y esa ambigüedad es, precisamente, su propuesta más radical.
En más de un sentido, Rosalía es un rara avis de la industria del entretenimiento musical para las masas en esta segunda década del siglo XXI. Tiene carisma, sentimiento y talento, canta impecable, baila idem y se integra con notable precisión al concepto coreográfico del show que protagoniza. Sus canciones son nada simples construcciones melódicas que navegan del flamenco y la rumba catalana a la electrónica clubber europea con arrebatos sinfónicos. Casi no tienen estribillos para enganchar pero muchas son hits coreados por un estadio repleto. Pero más importante que eso, es una artista que parece encontrarse en el pico de su creatividad y conexión con una generación que ve en ella una figura referencial del empoderamiento femenino. Transmite empatía y sensibilidad. Entretiene y emociona (no es fácil a la vez). A su paso por Buenos Aires, deja la estela de una personalidad cultural relevante para este tiempo loco y amargo del mundo. Salve, Rosalía