La actriz y modelo murió a los 43 años, el 31 de agosto de 2023, después de más de una década marcada por las secuelas de una intervención estética
El calendario vuelve a marcar el 31 de agosto y, con esa fecha, regresa también una ausencia que todavía duele. Hace tres años,Silvina Luna murió a los 43 años, después de atravesar durante más de una década un calvario que comenzó con una intervención estética y terminó afectando de manera irreversible su salud. Desde entonces, su nombre quedó asociado no solamente a una historia de dolor, sino también a una lucha sostenida, a una enorme voluntad de vivir y a una personalidad que, incluso en los momentos más difíciles, intentó aferrarse a la esperanza.
Fueron años de padecer las consecuencias de la intervención realizada por Aníbal Lotocki. Las complicaciones derivadas de aquel procedimiento fueron deteriorando progresivamente su organismo y terminaron provocándole graves problemas renales. La actriz y modelo debió someterse durante años a tratamientos de diálisis y atravesó la espera de un trasplante de riñón que nunca llegó. En ese tiempo, su vida cotidiana quedó atravesada por hospitales, tratamientos, estudios médicos, incertidumbre y una batalla permanente contra un cuerpo que cada vez le imponía nuevos límites.
Pero detrás de aquella enfermedad había una mujer que seguía queriendo vivir. Y quizás por eso, con el paso del tiempo, algunas de sus últimas declaraciones adquirieron una dimensión todavía más profunda. Silvina sabía que estaba atravesando uno de los momentos más difíciles de su existencia, pero también encontraba fuerzas para mirar hacia adelante, para hablar de sus deseos y para aferrarse a aquello que más quería: la vida.
En una de sus últimas entrevistas, realizada por Ángel de Brito, dejó una frase que hoy resulta imposible escuchar sin sentir un nudo en la garganta. Con una mezcla de determinación, fragilidad y una enorme necesidad de seguir adelante, Silvina expresó: “Uno saca el poder de donde pueda para seguir viviendo, a mí me encanta vivir, me gusta la vida ¡Quiero vivir!”.
Aquellas palabras pronunciadas cuando todavía estaba dando pelea hoy parecen resumir toda su historia. No había resignación en ellas. Había una mujer intentando encontrar fuerzas donde fuera posible, aun cuando el cansancio, el dolor y la incertidumbre formaban parte de sus días. Silvina quería vivir. Quería seguir estando. Quería recuperar, dentro de lo posible, una vida que durante años había quedado condicionada por las consecuencias de aquella intervención.
A tres años de su partida, Silvina permanece allí: en la memoria de quienes la conocieron y en la de quienes, sin haber compartido nunca una mesa con ella, sintieron que de algún modo formaba parte de sus vidas. Y quizá esa sea una de las formas más profundas de permanecer.