El sufrimiento amoroso ha sido, históricamente, el territorio predilecto de la poesía, el melodrama y el psicoanálisis. Si una relación fracasaba, la culpa recaía en los traumas de la infancia, la inmadurez o la mala elección neurótica de los individuos. Sin embargo, en 2012, la socióloga Eva Illouz escribió: “Hoy en día, las relaciones sentimentales están reguladas por las lógicas del mercado: el otro se convierte en un producto de consumo más, intercambiable si deja de satisfacer nuestras expectativas inmediatas”.
Con esta premisa, la intelectual nacida en Marruecos dinamitó esa trinchera de la culpa privada y sacó el dolor romántico de las consultas terapéuticas para sentarlo en el banquillo de la economía política. El desamor contemporáneo no es un problema psicológico; es el resultado directo de un sistema que transformó los afectos en mercancía desechable. Pero vayamos despacio: para comprender el impacto de las teorías de Eva Illouz, hay que mirar la mutación cultural de las últimas décadas.
La llegada de la modernidad tardía y la explosión tecnológica no solo cambiaron los modos de producción, sino la forma misma en que deseamos. En este contexto histórico, el mercado dejó de ser un lugar físico al que se asiste para comprar bienes y se convirtió en una matriz invisible que moldea nuestra identidad, nuestra autoestima y nuestras expectativas amorosas. En su libro cumbre, Por qué duele el amor: Una explicación sociológica, Illouz analiza cómo cambiamos de época.
Illouz explica que pasamos de un tiempo donde el cortejo estaba regulado por rígidas normas sociales, morales y comunitarias, a otro donde el escenario presenta una absoluta libertad de elección. Pero esa supuesta liberación es tramposa: al quedar desregulados los lazos, el capitalismo ocupó el vacío normativo e implantó sus propias reglas de juego: la búsqueda del beneficio personal, la aversión al riesgo y la maximización del placer a corto plazo. En ese esquema, ¿qué status tiene el otro?