Su cabeza fue una usina de ideas y proyectos que trajeron adelantos para el país.
A sus 77 años, a Domingo Faustino Sarmiento le costaba respirar, sufría de problemas cardíacos y además, antes de llegar a los 40, ya se le había manifestado una pérdida de audición que se transformaría en una profunda sordera. Muy a regañadientes, había aceptado dejar el cigarro.
El anciano ex presidente, ex gobernador, ex diplomático, ex legislador pero maestro para toda la vida, vivía en Asunción del Paraguay en una casa pegada al Hotel Cancha Sociedad, propiedad de Silvio Andreuzzi Passudetti, un médico oculista italiano.
Aconsejado por los médicos para que pasase una temporada en un lugar más cálido, primero había elegido las termas de Rosario de la Frontera, en Salta, donde estuvo en plan de descanso en junio de 1886. Luego se decidió por la capital paraguaya.
En mayo de 1887 partió en el flamante vapor a ruedas San Martín y se sorprendió cuando vio, ese 25 de julio, que en el puerto lo esperaban cerca de tres mil personas. Todo el país sabía de su llegada, si le había escrito al presidente paraguayo, el general Patricio Escobar, sobre su voluntad de pasar un tiempo allí “por un problema de salud que no se sabe si es en los bronquios o en los pulmones, para morir da lo mismo”. Escobar, quien era presidente desde 1886, era un joven alférez cuando combatió en la batalla de Curupaytí, en la Guerra de la Triple Alianza, en la que había muerto Dominguito, su entrañable hijo, cuya tumba en la Recoleta acostumbraba visitar en absoluta soledad.
El autor de Recuerdos de provincia se alojó en el Hotel Hispano Americano y hasta su regreso a Buenos Aires, en octubre de ese mismo año, recorrió el Paraguay. Lo acompañaba su hijaAna Faustina quien, fruto de un amor juvenil en su primer exilio en Chile, por años le reprochó haberla mantenido oculta.
Había nacido el 15 de febrero de 1811 en El Carrascal, un barrio humilde de la ciudad de San Juan. Se lo bautizó Faustino Valentín Quiroga Sarmiento pero, al parecer por la devoción de su madre por Santo Domingo, se lo empezó a llamar por ese nombre, olvidándose del de Valentín. En el relato que había construido de su vida, sostenía orgulloso que había sido gestado en mayo de 1810, con la Patria misma.
La de carácter en la casa era su madre,Paula Zoila Albarracín. Aún soltera, con 23 años, esa mujer alta, un tanto huesuda, nariz prominente, afilada y aguda y ojos claros como muchos de los Albarracín, decidió tener casa propia, y se largó a construirla con dos esclavos prestados por sus hermanas Irrazábal. Sus paredes de adobe y sus techos de caña, palo y barro resistieron el devastador terremoto de 1944 que borró del mapa la mayoría de las edificaciones coloniales.