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SOCIEDAD

A 30 años de la trágica muerte de Gilda: un asesino que pedía pizza a los gritos y una mentira sobre la canción que la volvió mito

07/09/2026 · radioaltagracia4@gmail.com
A 30 años de la trágica muerte de Gilda: un asesino que pedía pizza a los gritos y una mentira sobre la canción que la volvió mito

Por su voz, su cuerpo y la oposición de su familia, le costó abrirse camino en la movida tropical. Sus letras se convirtieron en himnos que suenan en fiestas y canchas, pero no vivió para saberlo

“Otra vez en la ruta de la muerte”, decía un título chiquito, en apenas un recuadro, en la edición de papel del 8 de septiembre de 1996. Decía que habían muerto siete personas, seis mayores y una menor, y que había once heridos. Decía, recién en el tercer párrafo, algo sobre quiénes eran esos muertos y esos heridos: “Los ocupantes de la casa rodante pertenecían al grupo bailantero Gilda’”.

La noche del 7 de septiembre de 1996, que se convertiría en la noche de su muerte, la popularidad de Gilda no alcanzaba para convertirse en título periodístico. Ni siquiera de una nota cortita, acomodada en el hueco de una página. Pero esa misma noche, la de su trágica muerte, eso empezaría a cambiar: Gilda tenía destino de mito popular.

El instante fatal

Los que sobrevivieron nunca olvidaron el chirrido de los fierros retorciéndose por el impacto del camión que los chocó de frente. Eran cerca de las siete de la tarde, ya había oscurecido, transitaban la Ruta Nacional 12, esa que se había hecho conocida como “la ruta de la muerte”. El micro de gira en el que viajaban Gilda, su hija, su hijo, su mamá y su banda se convirtió en un destrozo en apenas un instante.

Iban por el kilómetro 129 de la ruta, camino a Chajarí, Entre Ríos, donde tenían pautada una presentación. Un camión de carga de origen brasileño mordió la banquina, se cruzó de carril e impactó contra el micro de la banda. Murieron Miriam Alejandra Bianchi, que llevaba unos años convertida en Gilda en el mundo de la música tropical; su madre, Isabel “Tita” Scioli; su hija Mariel; Elvio Mazzucco, que manejaba el micro; y tres músicos: Enrique “Quique” TolosaGustavo Balbini y Raúl Larrosa. Entre los sobrevivientes estaban su hijo Fabricio, de ocho años, y Juan Carlos “Toti” Giménez, el descubridor y productor de Gilda y, para ese entonces, también su amor.

Daniel de la Cruz, trompetista de la banda y sobreviviente, se despertó por el impacto: primero lo rodeó el silencio y, enseguida, los gritos desgarradores y el llanto. La trompa del micro había desaparecido, consumida por el choque. Ricardo Fuentes, asistente de la banda, alcanzó a ver que el buzo del camionero que estaba a punto de asesinar a siete personas era amarillo. Lo que siguió para Ricardo fue pensar que si no se hubiera cambiado de cucheta en medio del viaje, estaría muerto.

Mario Riquelme, también asistente de la banda, logró zafarse de los equipos de sonido que se derrumbaron sobre él. Fabricio gritaba, lloraba y repetía una sola palabra: “¡Mamá, mamá!”. Gilda y Mariel, la hermana mayor de Fabricio, ya estaban muertas. La cantante se había desnucado en el instante del choque fatal.

Los heridos fueron trasladados a Zárate, algunos en condiciones extremadamente graves, y Renato Sant’Ana, el camionero que se había cambiado de carril, gritaba por los pasillos del hospital que quería que le llevaran una pizza. Lo condenaron, casi cuatro años después, a dos años y ocho meses de prisión en suspenso y a siete años de inhabilitación para ejercer su actividad.

Las últimas horas: música y familia

Apenas algunas horas antes de la tragedia, Gilda y sus músicos se presentaron en vivo en los estudios que el canal América tenía en la calle Humboldt. “Ella es una verdadera diosa, es un talento de la movida tropical”, dijo la presentadora, y anunció que se venían shows en Entre Ríos y Corrientes.

Gilda, con un vestido blanco y botas del mismo color, bailó, sonrió con todos los dientes y cantó “Fuiste”. Las chicas que habían ido a la tribuna del programa sabían toda la letra. Cantó también “Paisaje”, el tema del italiano Franco Simone que ella volvió argentino, y se subió al micro en el que giraba por todo el país.

Le pidió a Mazzucco, el chofer, un cambio de último momento: que pasara por la casa familiar de Villa Devoto para “levantar” a su mamá y sus dos hijos al viaje. Mariel y Fabricio se sumaban cada vez que se podía porque a Miriam le importaba compartir todo el tiempo posible con ellos; “Tita”, su mamá, no era habitué. Ese viaje sería la primera vez.

Casi todos los integrantes de la banda aprovechaban para hacer lo mismo que hacían otras bandas de la movida tropical cuando viajaban: dormir. Las giras eran tan frenéticas como agotadoras. Pasadas las cuatro de la tarde, ya subidos a la Panamericana, Gilda le dijo a Toti: “Dormí un rato y después tomamos mate”. Dicen que esas fueron sus últimas palabras.

Más de treinta shows en tres noches

El disco Corazón valiente, ese que tiene en tapa la icónica foto de Gilda con la corona de flores, se había convertido en un éxito enorme pero sin dar un gran salto todavía por fuera de los límites de la movida tropical. En el álbum había canciones que se inscribirían en el imaginario colectivo de los argentinos a los que les gusta bailar, gritar en un karaoke o cantar en la cancha: “Fuiste”, “Ámame suavecito”, “Paisaje” y la que le dio el nombre al disco, entre otros hitazos.

Eso puso a Gilda y a la banda a girar a un ritmo que no habían tenido antes. Empezaron a presentarse en hasta quince bailes por semana, y llegaron a dar 34 shows en apenas tres noches. Era extenuante y daba la sensación de que ese tren no iba a pasar otra vez.

En cada presentación, Gilda conectaba con su público: se quedaba hasta firmar el último autógrafo; si había poco público, bailaba y cantaba como si estuviera ante un estadio reventado de gente. Tocaba a los que le pedían que les tocara la cara y les daba un beso a los que se lo rogaban, aunque a todos les insistía con que no tenía ningún “poder de curandera”.

La gira impactaba en su salud. A veces le dolían los riñones, a veces sufría alergias graves que le agrietaban la voz. Y casi todo el tiempo sus pies se llenaban de unas llagas que sangraban. Pero igual, para que Miriam se convirtiera en Gilda cada vez que tocaba subir al escenario, había que ponerse unas botas que lastimaban: las medias se ensangrentaban y debía cambiarse el calzado muy seguido para que ni siquiera sus compañeros supieran que estaba sangrando.

Las cuentas no cerraban: todo ese trajín aún no rendía económicamente para sostener la vida que Miriam quería para ella y su familia. Sobre todo, era imposible conseguir que los ingresos fueran estables. No había manera de comprar una casa en la que vivir sola con sus dos hijos, algo que era uno de sus mayores deseos.

Ya antes de su muerte, hubo fanáticos pero sobre todo fanáticas que le atribuyeron “poderes curativos” a la cantante. Ella insistía en que toda curación venía de la medicina, pero sus seguidores le decían que a algún familiar enfermo le habían hecho escuchar hasta el cansancio algunas de sus canciones, y que ese familiar había mejorado.

Le pedían que los tocara para sanarse y Gilda, siempre advirtiendo que no había nada sobrenatural en ella, los acariciaba con la misma ternura con la que cantaba. Toda esa “santidad” que le atribuían se multiplicó tras su muerte.

Cuando el camionero Renato Sant’Ana mordió la banquina y cruzó de carril, Miriam tenía 34 años. Gilda llevaba seis años de carrera. Había apostado por la vida que quería y a la que su familia de origen y su marido le daban la espalda. Había pasado a buscar a sus hijos para compartir tiempo con ellos. Había escrito canciones de desamor y de empoderamiento. Y había creado algunos himnos de los que usan los argentinos para bailar, cantar a los gritos o alentar a su equipo. Murió sin saber hasta dónde iba a llegar toda esa fuerza.


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